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Dentro de la maquinaria de muerte de Irán

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La República Islámica de Irán es el país que practica más ejecuciones per cápita en el mundo. Desde que Hasan Rohani alcanzó la presidencia, el número de condenados se ha disparado y más de 700 iraníes han sido ejecutados. En cárceles, plazas públicas o en secreto, la pena de muerte en Irán representa el lado más oscuro de la nueva agenda de Rohani, el arma de represión más eficaz para reprimir a un pueblo en constante ebullición contra su régimen.

-“¿Hola? ¿Mina? ¿Estás ahí?”

-“Zaniar, te escucho, ¿cómo estás?”

-“Mañana volveré al hospital… por la misma razón; han vuelto a golpearme en los testículos”.

Zaniar Moradi habla desde la prisión de Rajai Sahr, en Irán, con un teléfono vía satélite filtrado. Hace cuatro años este joven iraní fue condenado a la pena capital. Desde entonces, junto con su amigo Loghman, espera en el corredor de la muerte de una de las cárceles más sangrientas del país, ubicada en la ciudad de Karaj. Las constantes torturas, palizas e interrogatorios le han dejado secuelas irreversibles. Tiene dos vértebras rotas, lesiones por todo el cuerpo y una infección severa en los testículos.

Su ejecución podría ocurrir en cualquier momento, sabemos que a veces avisan a la familia media hora antes, pero otras veces no llaman nunca… ¿crees que existe la justicia en Irán?, pregunta el hermano de Zaniar
Al otro lado del teléfono, Mina Ahadi, una activista iraní refugiada en Alemania, le pregunta por su estado de salud. “Pedí que me llevaran al hospital, pero nunca lo hacen, y siempre acaban por golpearnos”, contesta Zaniar. Estos dos jóvenes del Kurdistán fueron detenidos en 2009, en Mariván, acusados de “asesinar al hijo de un Imán” del pueblo y de “ser enemigos de Dios” (mogarabeh), uno de los cargos más comunes para incriminar a disidentes políticos. Durante un año los servicios secretos les torturaron hasta lograr su autoinculpación. Ambos han sido trasladados al patio carcelario donde se ejecuta a los presos en, al menos, dos ocasiones. “Otras veces (las condenas) se llevan a cabo en una habitación, en secreto”, cuenta Zaniar a Mina.

La familia de estos muchachos se reúne en una pequeña casa a las afueras de Mariván, en las montañas del Kurdistán iraní que hacen frontera con Irak. Ha aprendido a convivir con el sufrimiento, a esperar la temida llamada desde la cárcel de Karaj que les anuncie la ejecución. Sus hermanos, tíos y primos, congregados en una habitación, explican las falacias del caso. “Todos los cargos son falsos, nadie ha mostrado nunca ninguna prueba”, cuenta a El Confidencial el tío de Zaniar. Como ocurre en los casos políticos, “les torturaron durante un año hasta que confesaron la autoría del crimen”, asegura.

Una foto carné de Loghman facilitada por su padre.Una foto carné de Loghman facilitada por su padre.Tras la confesión, fueron trasladados a un tribunal revolucionario donde, después de veinte minutos, recibieron su sentencia final. Entre lágrimas y sorbos de té, el hermano de Zaniar denuncia que “su ejecución podría ocurrir en cualquier momento, sabemos que a veces avisan a la familia media hora antes, pero otras veces no llaman nunca… ¿crees que existe la justicia en Irán?”.

El padre de Loghman, un conductor de trenes de 56 años, abre su cartera para mostrar una foto-carné de su hijo. “Varios testigos aseguran que Loghman no estaba en la escena del crimen”, explica, emocionado, a este diario. Dice que hace siete meses que no habla con su hijo pero sabe que su situación empeora cada día. “Vivimos una tortura mental. Tanto yo como sus cuatro hermanos lloramos cada noche al pensar si será ese día el que muera ejecutado”.

“El 31 de diciembre de 2010” es una fecha que este padre nunca olvidará, el día en el que Zaniar y Loghman fueron condenados a morir en la horca. La familia sabe que, en realidad, el suyo es un caso político. “El padre de Zaniar es un conocido activista del Kurdistán”, explican entre todos, que emigró hace años a Irak y con quien los chicos mantenían contacto. Le ayudaban a repartir panfletos del partido kurdo Kumellah. Se habían puesto en el objetivo de los servicios secretos.

Ejecuciones públicas para atemorizar a la oposición

En 2013 se produjeron en Irán 687 ejecuciones, la cifra más alta de los últimos quince años, según la organización Iran Human Rights. Sin embargo, el Gobierno sólo informó oficialmente de 388. Durante los primeros meses de este año también se registraron cifras récord: 247 personas han sido ejecutadas en 2014, aunque “el número es mayor, pero las cifras no están confirmadas”, aseguran desde IHR. En Irán, el código penal, regulado según la ‘Sharia’ o ley islámica, contempla hasta 131 delitos castigados con la pena capital. Entre ellos, adulterio, homosexualidad, crímenes relacionados con la droga o apostasía, así como asesinato, violación u ofensas contra la República. Algunos delitos, como beber alcohol, están castigados con varias decenas de latigazos.

El método más utilizado es la muerte por ahorcamiento, con la ayuda de una grúa o desde una plataforma elevada, pero también siguen vigentes el fusilamiento o la lapidación. En la actualidad, casi todas las ejecuciones se producen en el interior de las cárceles, algunas de manera extrajudicial. Sin embargo, el régimen todavía pone en práctica “las ejecuciones públicas” en plazas de varias ciudades para atemorizar a la población.

Majid Kavousifar y Hossein Kavousifar tras ser ejecutados en Teherán (Reuters).Majid Kavousifar y Hossein Kavousifar tras ser ejecutados en Teherán (Reuters).“Las ejecuciones públicas no suelen anunciarse con antelación”, explica a El Confidencial Nazanin, una periodista iraní especializada en cubrir actos judiciales. “Es a primera hora de la mañana, cuando la gente se encuentra con el escenario en la calle, cuando entiende qué va a suceder”. De pronto, unos guardias traen al reo maniatado y con una venda en los ojos. Entre varios, lo suben a una silla y le colocan la soga alrededor del cuello. Si lo marca la sentencia, los verdugos amputan sus extremidades o flagelan a los presos mientras mueren.

“Las personas que se acercan son curiosos”, explica Nazanin, “gente que quiere saber lo que es ver a un ser humano morir. Muchos de ellos no entienden lo que pasa hasta que es demasiado tarde y se quedan impactados”. A veces, el público siente empatía por el condenado y se oyen gritos contra el verdugo para pedir su liberación. Como en aquel vídeo viral grabado el 26 de febrero en el que una madre suplica a gritos el perdón para su hijo. De repente la multitud se anima y todos gritan con ella. “En mi opinión”, dice Nazanin, “estas ejecuciones no tienen ningún efecto (político) disuasorio sobre la población”.

“La mayoría de mis amigas fueron colgadas o lapidadas”

Unos guardias traen al reo maniatado y con una venda en los ojos. Lo suben a una silla y le colocan la soga alrededor del cuello. Si lo marca la sentencia, los verdugos amputan sus extremidades o flagelan a los presos mientras mueren
El caso de Kobra Rahmanpour es una epopeya carcelaria, la crónica en primera persona de una mujer que esperó durante doce años su propia ejecución. Kobra ingresó en prisión en el año 2000 por matar, presuntamente, a la madre de su marido. Sus memorias hablan de “confesiones forzadas”, “abusos sexuales” y “compañeras de celda ejecutadas”. Hace apenas once meses Kobra fue puesta en libertad y, de vuelta en su casa de Teherán, narra sus recuerdos de la prisión de Evin. Uno de los complejos penitenciarios más grandes de Irán, descrito por varios medios como “un infierno en la tierra”.

“La mayoría de mis amigas fueron colgadas o lapidadas. Las ejecuciones se producían frente a las presas que cometían delitos menores como no llevar apropiadamente el hiyab”, cuenta Kobra a El Confidencial. Normalmente, “un guardia entraba en la celda y pronunciaba el nombre de aquella presa que iba a morir”, dice. “Había una habitación donde pasar la última noche”, en la que Kobra dormía abrazada a su respectiva compañera. “Las ejecuciones se producían con el alba y siempre sin avisar”. Tras varias protestas en la cárcel, la política penitenciaria cambió. Desde entonces, explica Kobra, “se anunciaban los nombres la noche anterior y así se podía decir adiós a las compañeras, rezar y llamar a los familiares”.

Kobra Rahmanpour en su hogar en Teherán. Esperó 12 años su ejecución (C.A.)Kobra Rahmanpour en su hogar en Teherán. Esperó 12 años su ejecución (C.A.)Esta iraní de 32 años recuerda el día en el que recibió su sentencia de muerte. El anuncio le provocó “fuertes fiebres durante tres días”, cuenta con la mirada fija en el suelo, incapaz de emocionarse con ninguno de sus recuerdos. “Saber que iba a morir era un dolor insoportable”. Con los días, Kobra comenzó a pensar “en el paraíso y en el infierno y en los errores que había cometido”. “Pero, ¿cómo se puede resolver un error con otro error?”, se pregunta, “esto sólo es propio de una nación enferma”. Cada día, se imaginaba su cadáver colgado, sus pies balanceándose mientras moría ante los ojos de otras presas. Con el paso de los años, mientras se hacia una mujer, Kobra perdió el miedo a la muerte.

La mayoría de mis amigas fueron colgadas o lapidadas. Las ejecuciones se producían frente a las presas que cometían delitos menores como no llevar apropiadamente el hiyab
Pero la ley islámica, regida por el principio del “ojo por ojo”, admite el perdón para conmutar una pena. Fue una antigua compañera de prisión, la directora de cine Tamineh Milani, la que se ofreció a pagar “el precio de sangre”, los “2000 millones de riales” a la familia de la víctima para que Kobra fuera puesta en libertad. Ahora esta mujer trabaja cada día en una mercería; sus habilidades con la costura fueron su principal pasatiempo durante la larga década entre rejas. En el salón de su casa, donde duermen su madre, su hermano mayor y un hermano menor con deficiencias mentales, brillan los retratos de algunos imanes chiíes y la mirada triste de un padre que murió meses después de ver a su hija salir de prisión.

Rohani, ¿el líder reformista?

En los meses que siguieron a la elección del presidente Hasan Rohani, en junio de 2013, Irán experimentó un repunte en el número de ejecuciones. Concretamente, desde las 18 producidas en junio (según IHR) se pasó a 73 en julio, 55 en agosto y 82 en septiembre. Los activistas en el exilio creen que “las autoridades iraníes están mostrando dos caras diferentes”, dice a El Confidencial Mahmud Amiry-Moghaddam, portavoz de IHR. “Una a Occidente, con una imagen más moderada (para lograr el acuerdo nuclear y financiación exterior), y otra al pueblo iraní, una pura demostración de poder a través del miedo. La elección de Rohani dio muchas esperanzas a los jóvenes, lo que supuso una amenaza para el régimen”, dice Mahmud. “Con las ejecuciones el Gobierno quiere recordar a la sociedad quien tiene el control del país”.

Según cuentan, los ajusticiamientos se disparan en momentos de especial agitación, como durante la Revolución Verde de 2009 o ante la amenaza de revueltas en el año 2011. Mina Ahadi, fundadora del Comité Internacional Contra la Ejecución (ICAE), dice que esta vez “el Ministerio de Justicia envió cartas a las prisiones para exigir al menos una ejecución diaria”. “Durante la campaña presidencial -cuenta Mina-, Rohani prometió más libertades, emprender reformas y liberar a los presos políticos. El discurso dio pie a las negociaciones con Estados Unidos, pero nada de eso ha sucedido. Sólo se ha producido un aumento de la represión para evitar el estallido de nuevas protestas”. Hace 24 años que Mina, iraní residente en Alemania, abandonó el país después de que su propio marido fuera ejecutado. Su lucha ha conseguido grandes logros, entre ellos, que desde 2008 se haya prácticamente detenido la lapidación.

Un policía iraní vigila la escena de la ejecución de Majid Kavousifar (Reuters).Un policía iraní vigila la escena de la ejecución de Majid Kavousifar (Reuters).La horca, “un plan contra la drogadicción”

Sin embargo, las autoridades iraníes aseguran que este repunte en las ejecuciones se debe a un nuevo “plan antidroga” impulsado por el Gobierno. El régimen clama que, de las 522 personas ejecutadas en 2012, un 73% eran criminales relacionados con el abuso de drogas o narcotráfico. “En Irán el asunto sobre la drogadicción supone un problema muy importante”, aclara a El Confidencial Said Laylaz, antiguo consejero de Jatami y que actualmente asesora a Rohani en materia económica. “Nunca aceptaría ejecuciones en el caso de los presos políticos, pero deberían conocer la especial localización de Irán en la ruta del narcotráfico (limita con Afganistán y con Pakistán). Por eso el Gobierno tiene que ser más duro en este asunto. En nuestro país hay cuatro o cinco millones de drogadictos”, dice Laylaz.

Las autoridades están mostrando dos caras diferentes. Una a Occidente, con una imagen más moderada, y otra al pueblo iraní, una pura demostración de poder a través del miedo
Por el contrario, las organizaciones de derechos humanos sostienen que “muchos presos políticos son ejecutados bajo el pretexto de delitos de drogas”, cuenta a este diario Shiva Mahbobi, portavoz de la Campaña por los Presos Políticos de Irán (CFPPI), una iraní que vive desde hace 20 años en Londres. Dice que la publicidad del nuevo presidente está funcionando porque la presión internacional al régimen se ha relajado. “Últimamente nos ponemos en contacto con otras organizaciones internacionales y nos dicen ‘vamos a esperar, vamos a ver qué hace ahora Rohani’”, dice Shiva. “Pero la realidad es muy diferente; incluso la situación en el interior de las cárceles ha empeorado”.

Las cartas de los presos

“Cada domingo y cada miércoles sacan presos de la celda para ejecutarlos”, cuenta Mehdi Alizade Fahrabaad en su carta desde la sección 350 de la prisión de Evin. Además de las duras condiciones de las cárceles, los presos políticos son privados de cualquier tipo de atención médica. Es lo que muchos activistas consideran “las ejecuciones silenciosas”. Por ejemplo, este bloguero ha sufrido doce ataques epilépticos y tres comas diferentes tras recibir una paliza de los guardias penitenciarios.

Desde la prisión de Bandar Abbas, una ciudad al sur de Irán, llegan las palabras de un recluso sobre “una sección 10 en la que hay 400 presos con Sida, tuberculosis, hepatitis y problemas de adicción… Ahí mueren tres presos cada semana”, escribe. “La sección está tan contaminada”, dice la carta, “que los guardias no se atreven a entrar ni con máscaras porque consideran que la zona es altamente contagiosa”.

Últimamente nos ponemos en contacto con otras organizaciones internacionales y nos dicen ‘vamos a esperar, vamos a ver qué hace ahora Rohani’. Pero la realidad es muy diferente. Incluso la situación en el interior de las cárceles ha empeorado
Aunque el régimen de Irán no asume la existencia de presos políticos en sus cárceles, cada semana llegan cartas de activistas, defensores de derechos humanos, abogados, periodistas, artistas y sindicalistas en las que dan prueba de las torturas que sufren en el interior de las prisiones. La lista es interminable. Ahmad Daneshpour, por ejemplo, condenado a pena de muerte por ser miembro de los Muyahidines (una agrupación política ilegal), sufrió veintiún ataques epilépticos después de los golpes que le propinaron varios agentes. En los últimos meses, Ahmad ha perdido 55 kilos y su estado de salud es extremadamente grave.

El caso de Hosseini Kazamani Boroujerdi es, si cabe, más terrible. Este activista iraní que luchó durante años por la separación entre religión y estado, tuvo que presenciar la violación de su mujer y de sus hijos por los servicios secretos. Además, durante meses, ha sido expuesto a componentes altamente tóxicos que le han producido daños neurológicos irrecuperables.

Mohamed Reza Pourshajari es un conocido bloguero que informaba sobre la situación política de Irán. Fue detenido en 2010 y condenado por “ser una amenaza para la seguridad nacional”. Debido a las torturas, Reza ha sufrido dos ataques cardíacos y ha desarrollado diabetes, pero las autoridades de la cárcel le niegan cualquier tipo de medicación. Con el paso de las semanas, Reza tiene los dedos del pie paralizados y un ojo severamente dañado. Su hija, en un acto de desesperación, redactó una carta pública dirigida a su régimen. “La República Islámica quiere que mi padre muera…”, escribía Mitra Pourshajari, “quiero decir que, si finalmente le sucede algo a mi padre, la persona a la que haré eternamente responsable es al señor Ayatolá Ali Jamenei”.

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